Dios, que está en nosotros, nos invita a entrar en comunión
con Él. Para acoger su presencia hace falta que nuestra vida
se convierta en oración. Con la ayuda del Espíritu
Santo, alimentamos cotidianamente nuestra vida espiritual sobre
el ejemplo del Padre San Francisco, con la Eucaristía, con
la Lectio Divina, con la oración continua, con la ascesis
constante, porque el encuentro con Dios configura de por sí
nuestra vida personal y comunitaria. En efecto es la Eucaristía
el centro y la fuerza de nuestra vida consagrada, renueva cada día
nuestra donación y nuestra comunión con los hermanos.
Dios es Amor, quien está en el amor vive en Dios y Dios en
él. Vivimos este misterio de hospitalidad y acogida con sencillez.
Sólo entonces sabremos acoger a las hermanas de hábito
y a todos los hermanos, con aquella caridad que es paciente, benigna,
desinteresada (cfr. 1 Cor 13, 4), que resume y perfecciona la ley.
Necesitadas como somos de la Divina Misericordia intentamos merecérnosla
con el ejercicio de la Caridad.
Ser
Franciscanas Misioneras Voluntarias de los Pobres
requiere vivir con serenidad los
fracasos, los sufrimientos, las fatigas, las humillaciones que la
vida apostólica reserva; requiere ser fieles a la Verdad
hasta la inmolación de sí y ponerse a disposición
de todos en una donación puramente oblativa, posponiendo
los propios intereses a la gloria del Padre y al bien de los otros.
Al estilo de Jesús, que siendo Hijo de Dios e igual al Padre,
se humilló tomando forma de siervo para servir, y no para
ser servido.