Llenas
de estupor y agradecidas por el regalo de Dios, Uno y Trino, que nos
llama a unirnos totalmente al misterio de su amor, comprendemos que,
comparado con Él, todo pierde valor. Conquistadas por Dios, lo
acogemos como el único bien de nuestra vida (Cost.FMVP.n.27).
Llamadas con los votos a seguir a Jesús casto, pobre, obediente
y a servir a los pobres, queremos siempre vivir por Él y por
su Cuerpo, que es la Iglesia, ser una señal luminosa de la Caridad
de Dios, anunciar la llegada del Reino, dar testimonio en nuestra debilidad
y a la vez de la fidelidad de Dios (Cost.FMVP.n.28),
(cf. LG 41-43).
"De
esto todos sabrán que sois mis discípulos, si tenéis
amor los unos por los otros" (Jn 13,35).
Libres a través de Cristo, no renunciamos al amor. Dando la vida
por los que queremos buscamos la verdadera alegría, aunque participamos
del misterio de la Cruz. La castidad es sustentada por una vida fraterna
experimentada en un clima de consideración recíproca y
de confianza, de ayuda, de amistad y de alegría (Cfr.
Jn 15, 13), (Cost.FMVP.n.35).
El corazón casto, evangélicamente pobre, protege constantemente
su libertad contra cada apropiación afectiva. Como San Francisco
y Santa Clara ‹‹despreciamos las cosas terrenales e inmunes
de cualquier amor egoísta, amor privado, para verter en común
toda la intensidad del cariño y buscar con todo el empeño
donarnos a nosotras mismas para ayudar en las necesidades de los hermanos››
(FF 387), (Cost. FMVP.n.37).